Se acerca el 21 de diciembre de
2012 y, los Mayas, sin desearlo, en pleno siglo XXI han causado el pánico
global. ¿Quién lo diría? Una cultura ancestral tiene acongojados a todos los
seres de éste hermoso planeta llamado tierra. Sin embargo ¿qué debe pensar un
hombre o mujer común ante tal acontecimiento?
No pretendo entrar en analizar
diversas posturas ni posibilidades. Eso ya lo han hecho otros con mayor o menor
claridad. Mi perspectiva personal es que nada pasará en éste “apocalipsis” que
se pretende dar a esta fecha común y corriente. Una cosa es clara, somos muy
supersticiosos los seres humanos. Sino tenemos la capacidad de reflexionar
lógicamente un evento, entonces, recurrimos a la simbología y, por ende, a las
supersticiones propias de mentes que, más que brillantes, tratan de desenredar
lo que ellos mismo poco entienden.
Sin embargo, pensemos por un
instante que es verdad, se acaba el mundo. ¿Cómo reaccionarías? ¿Sientes que
viviste tu vida a concho y puedes morir con tranquilidad y paz? ¿Diste lo mejor
de ti para salir de éste mundo con la tranquilidad del deber cumplido?
Evidentemente son preguntas cuyas respuestas son personales, aun cuando
necesarias si pensamos que pasado mañana, viernes 21, se acaba todo.
Pero por otro lado, ¿Qué pasará
con aquellos que dando profecías catastróficas estas no se cumplen? ¿Qué
debiéramos hacer nosotros, pobres mortales, ante tales circunstancias? Pues
como no podemos linchar a nadie públicamente, si debiésemos salir a protestar
contra ellos y “mufarlos” para que no sigan idiotizando a las gentes que les
presta oído.
¿Qué frágil es la mente humana
que piensa que con el fin de la tierra, termina la existencia? Mi propia
experiencia me dice que la existencia del ser es superior a cualquier catástrofe
que se nos pudiera presentar. Está va más allá de lo imaginable, más aun para
los que profesan una fe.
Vive tranquilo, disfruta tus
tiempos, gasta energía en disfrutar de tu vida y de la vida de los demás que te
acompañan. Haz de tu vida, un tiempo hermoso y deja que el tiempo transcurra en
su devenir cotidiano. ¡Qué más podría pedirse!
Para los que profesamos una fe,
en mi caso cristiana, pase lo que pase, radica en la buena voluntad de Dios. Él
es quien nos ha trazado un camino por el cual todos debemos pasar en la medida
que podemos descubrirlo. Ese devenir cotidiano hace de la vida algo sublime.
Adelantar sus tiempos es caer en un error: no saber vivir.
Curiosamente un evento como el
que se profetiza, trae consigo que las gentes se preocupes de sobrevivir, más
que de vivir. Busquen consuelo en donde jamás lo hallarán: en sus fortalezas,
sus previsiones y sus especulaciones. La vida misma se encargará de hacernos
ver que no todo es verdad y que, aun cuando pudiese ser real, jamás
dimensionamos el evento.
Para finalizar, sólo diré un
hasta siempre y nos vemos después del 22.
Cariños
Eduardo.